-Te van a matar, ¿lo sabes?
-Sí. Y a ti por ayudarme.
-Puede ser.
Silencio.
-¿Ella sabe que aún la quieres?
-No creo.
-¿Cómo pasó?
-No lo sé. Demasiados kilómetros entre las dos, supongo.
Simplemente tenía mejores cosas que hacer que recordarme y terminó por
olvidarse de mis pecas.
-Ya veo. ¿Y ahora qué?
-No lo sé. Pero ¿qué importa?
Silencio.
-Oye, deberías matarme. Así se olvidarían de ti. Podrías
decir que eras de su bando y solo querías atraparme, justo como ellos.
-No podría hacerlo.
-No tienes por qué hacerlo tú. Dame la pistola, lo haré yo misma.
-Nunca dejaría que lo hicieras.
Silencio.
-Lo siento. He estado ahí. Supongo que aún lo estoy.
-No pasa nada.
-No lo mereces. Es una putada bien gorda.
-Entonces déjame hacerlo.
-No sería justo. Si su sombra aparece a ti te desconoceré y me importará una mierda que no te parezca bien.
-Me da igual. Estoy dispuesta.
-No sabes dónde te metes. Yo no pierdo nada, pero tú no mereces esto.
-Deja que sea yo quien lo decida.
-Tú verás. Yo ya te lo advertí y, como ya te he dicho, yo no
pierdo nada. Ten presente que nunca serás más que un triste
pasatiempo.
-Vale.
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